domingo, 2 de diciembre de 2012

África llora (Alberto Vázquez Figueroa)


Un grupo de niños, con algunos adultos, huye despavorido de su poblado etíope. Sobreviven, quienes lo logran, a la violencia humana y animal, ambas lo mismo, ambas salvajes. Cuando el autor tuvo noticia de esta desesperada peripecia escribió este libro donde la esperanza parece brillar como una estrella que apenas se percibe en el cielo y se mira desde un suelo asolado por fuegos mortales, intereses egoístas, dantescas hazañas conformadas por todos los defectos capitales habidos y por haber.

Recordarme que estas cosas pasan y contarlas con tu precisión, Alberto, no me deja indiferente. Llevo conmigo la pena del hombre feliz que no vive en un mundo justo. El optimismo tiene más ventajas que inconvenientes. Si las cosas salen mal, los optimistas creemos que mejorarán más adelante. Que después del hambre, de la orfandad, la masacre, la violación, la humillación, la tortura, que después de tanta muerte provocada haya una esperanza de vida digna, un vestigio de ser humano sin trauma: alimenta la ilusión de secar tus mejillas, África, y verte sonreír. 

                                 

viernes, 9 de noviembre de 2012

El día en que lloró Walt Whitman (Avelino Hernández)


En 1873, la Liga norteamericana de estudiantes a favor del voto para la mujer organiza en Camden un encuentro propagandístico donde se representa una sencilla pieza teatral y se realiza una conferencia discreta. El acto se interrumpe por la inesperada comparecencia de Walt Whitman, el poeta adorado a quien tanto veneran y ya daban por desaparecido. El público queda sorprendido: Walt Whitman se abre camino en su silla de ruedas, silencioso, por el pasillo del patio de butacas. Sube al escenario con ayuda y lee un poema titulado oigo cantar a América. Mientras el anciano recita, la señorita Louis Waterman le interrumpe con timidez. Tiene dieciocho años de edad y está resuelta a informar al poeta sobre un trágico suceso. El público acepta que ambos se retiren al camerino. La señorita Waterman es querida y respetada en el pueblo. Se trata de la primogénita de un antropólogo de la Universidad de California que ha consagrado su vida a la recuperación de la vieja memoria de las tribus aborígenes que un día poblaron el suelo norteamericano. Dos horas después de conversar a solas, el poeta y la joven regresan al escenario. Este libro narra lo que Louise contó al poeta el día en que lloró Walt Whitman.


jueves, 8 de noviembre de 2012

Las montañas blancas (John Christopher)

                                                            
El mundo tal y como lo concebimos ahora ha cambiado. Los habitantes de la Tierra se han convertido en esclavos de unos gigantescos robots con forma de trípode. Los seres humanos, a partir de los catorce años de edad, reciben en la cabeza el implante de una placa metálica. Con esta operación, efectuada por los extraterrestres que conducen los Trípodes, la gente está bajo su control mental. Will Parker, un muchacho de trece años, huye de su pueblo dominado. Will no sabe lo que es un coche, ni un ordenador, ni un teléfono… Muchos conocimientos han sido destruidos. El adolescente sobrevive a duras penas acompañado de dos chicos de su edad con un objetivo: llegar a las montañas blancas cuanto antes. Allí hay personas animadas a participar en un complot increíble, fantástico y sorprendentemente verosímil contra la colonización, la esclavitud y la tiranía de unos invasores venidos del espacio interestelar.

En el valle de Jinámar de Gran Canaria, en un bazar de muebles de segunda mano donde también se venden ropas, enseres dispersos y viejos trastos todavía útiles, hallé un libro fantástico escrito por un tal John Christopher y editado por Alfaguara en 1987.  Su título: Las montañas blancas. Se trata del primero de una serie llamada Trilogía de los Trípodes. Productoras de cine solventes (como las que llevaron a la fama la saga Crepúsculo de Stephenie Meyer o el Harry Potter de J. K. Rowling) podrían también dar a esta historia una versión cinematográfica de indudable éxito. ¿Aún nadie se ha dado cuenta de esto? Lo dudo. Deja nacer una nueva curiosidad durante los dos primeros capítulos y vive este sueño inolvidable por su espectacularidad. Para lectores poco acostumbrados: la trama es tan atractiva que lo leerás sin esfuerzo. ¿Te animas? No hay videojuego capaz de conseguir esto.

miércoles, 27 de junio de 2012

El anillo verde (Alberto Vázquez Figueroa)


El niño que vive subido a los árboles se apropia de un teléfono móvil cuando su dueño se besa con una chica. Cuando el joven amante lo echa en falta, el niño regresa de las ramas y se lo devuelve.

-La sabiduría es la más valiosa de las riquezas -dice el niño.

Los novios quedan perplejos. Él chasca la lengua mostrando así su indignación ante ella. Aunque las poses de adulto con que se mueve el adolescente, con ritmos urbanos y orgullo de rap, no pueden ocultar su estupefacción ante circunstancias tan insólitas. El hurto del teléfono, lo honesto en su recuperación gracias a este niño salvaje y, para mayor misterio, el obsequio que esta criatura les hace, un libro titulado el anillo verde, deja a los jóvenes amantes muy sorprendidos.

-Nunca se robará cuanto se atesore en la cabeza. ¡Los libros son la memoria de la Humanidad! Una Humanidad sin libros sería un rebaño de ovejas -expresa el niño trepando de nuevo a un árbol y perdiéndose, después, por la espesura arbórea igual que lo haría un mono.

Otro día, un muchacho fuma ansioso con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. El niño salvaje desciende de un salto ante él portando un libro en la mano.

-Te recomiendo leer el anillo verde. Lo he escrito yo mismo sentado en esa rama. 
-No me gusta leer. Vete. No quiero que mi novia piense que me he traído a mi hermano pequeño.
-He visto desde ahí arriba cómo arrojas latas de cerveza a los acantilados y también he visto a tus amigos enterrando las colillas de sus cigarros en la arena de la playa -denunció el niño salvaje. 
-¿Y qué? -desafía el joven arrojando su pitillo al suelo.
-¡Yo te diré el qué! -se enfurece el niño-.  Presumes que ligas, usas un perfume muy caro... ¡pero no follas porque cuando te desnudas hueles a rabo de vaca!

Entonces el niño desaparece a toda prisa por la espesura de las ramas. El adolescente agarra una piña seca con intención de lanzársela pero su atención cae en un hilo de humo emergente de la hojarasca que comienza a prender. Y de un pisotón, del mismo individuo que puede haber provocado un incendio, se extingue la pequeña brasa y se evita un trágico desenlace. El chico ofuscado se queda mirando sus deportivas preguntándose quién es ese crío. Después se percata del libro que el niño salvaje ha dejado caer a sus pies. Se titula el anillo verde.





                                                             


martes, 20 de marzo de 2012

Adulador


La mujer calva y su novio enano salen de la tienda de sombreros.

-No me gusta tu nueva boina –dice él mientras pasean-. Prefiero el brillo de tus cabellos.

-Soy calva –protesta cansada-. No me seducen tus mentiras.

En ese instante, se oyen los graznidos de unos cuervos que huyen de una tormenta gris y, a su paso, defecan sobre el hombro del enano.

-Amor mío, no debes acomplejarte si tus rizos se asemejan al oleaje del mar –insiste él limpiándose con un pañuelo.

-¡Espantoso adulador! –suelta ella por la boca.

Y de pronto en las nubes retumban los truenos. Llueve a cántaros. Los torrentes se fusionan colinas abajo, salpican al aire su rabiosa espuma y originan una violenta riada que arranca árboles, arrastra piedras, salta la tapia del cementerio, descorcha lápidas, entierra tumbas y hace que se rebosen los huesos. En pocos instantes, los malos aires de lo que fuera un mar en calma desaguan por el pueblo. La corriente enfurecida viola las puertas de los hogares y, como si se tratara de surtidores en los cielos de un dios iracundo, sale a chorros por las ventanas, cargados de los enseres de las casas, se extiende por las calles con tentáculos de ruidosas cascadas y se abre en abanicos al tragarse todas las plazas. Los novios corren al refugio de los soportales pero quizás ya sea tarde para uno de ellos. La tragedia se lleva al enano.  

-¡Lánzame tus trenzas o moriré ahogado! –clama auxilio sin vitalidad-. ¡Tus trenzas…!

De las aguas emergen sus bracitos por última vez. En la voracidad de un remolino que gira sobre una alcantarilla cae la corta silueta de este hombre hundido. Le sigue un quiosco de helados, el banco del parque, un trozo de repisa con macetas rotas y geranios bien regados…

Ya pasó. La luz alumbra a la naturaleza sosegada, al artificioso pueblo arrasado y a una mujer desnuda aferrada a una farola. La riada arrancó su ropa y su boina. El sol seca ahora su cabeza despejada, allí donde brilla su complejo. Todo se ve con claridad, el cielo azul, los amasijos de escombros sobre el fango, los cadáveres flotando y, pese a estar aturdida, la superviviente no elude precipitarse por las aguas, ahora lentas de agonía, a buscar algo con que ocultar su completa alopecia. Un periódico empapado se deshace, no sirve. ¡Un neumático tampoco! Un gato muerto roza sus rodillas. Aún está lánguido. Tal vez tiene excesiva hinchazón pero es suave como una pamela nórdica. Se lo ciñe bien hasta las orejas, a las humanas se refiere el hecho, no a las animales, y cuando se lo atusa, el felino expulsa parte de su contenido por boca y ano.

-Soy calva –se lamenta-. Soy calva…

Y así, por atildada de mierda y descomposición, el graznido de los cuervos se acerca. Y sin cubrirse el sexo, la mujer emprende la búsqueda de los restos de la tienda de sombreros.


miércoles, 7 de marzo de 2012

El pueblo hecho

Cada vez que Julia Gris es consciente de su sueño aparece sentada en un sillón verde desde donde observa su propio mundo. Cuando pierde la lucidez, se afana en sus quehaceres vacía de memoria, sin recordar sus dotes de diosa común y vulnerable al encantamiento de la vigilia. Julia acaba de alcanzar el despertar onírico en el instante en que se deja caer en el sillón verde que a lo lejos parecía una roca en medio del sendero. 

-Vamos, Julia, mi alma –dice una joven peregrina-. Que ya está cerca el pueblo. No te pares ahora, mujer. Uy, ¿quién habrá colocado ahí ese sillón?

Esta joven, junto con otras mujeres soñadas, procede de lugares ignotos. Todas han atravesado el inmenso bosque. A través de las hendiduras que deja el paisaje arbóreo han visto la retahíla de casas con flores. Con calmosa risa, ellas superan las lindes de terrenos de cultivo. Prueban tomates, arrancan papas y las guardan en los bolsones del faldón. Están hambrientas, sudorosas, cansadas y tienen sed. Pero no pierden la alegría al ver el pueblo hecho a su medida. ¡Todas quieren llegar las primeras! Son personas tan reales que a Julia Gris, peregrina entre ellas, le parece increíble que conformen su sueño. Y esto último es lo que está observando Julia ahora sentada en su sillón verde. La joven risueña se aproxima a Julia, se arremanga el faldón para mostrar que tiene dos buenas ruedas de bicicleta en lugar de piernas, bien paralelas para rodar lo que queda de camino. Julia Gris ama a sus criaturas y se apasiona tanto al ver a la muchacha-bicicleta que pierde la lucidez de forma súbita.

Entonces, en pie sobre el sillón verde, se impulsa varias veces hasta conseguir el salto de una cama elástica y se lanza con energía sobre el sillín-lumbar de su amiga.

-¡Qué cómoda eres! –exclama Julia.
-¡Vamos, chicas, ya se oye la fiesta de nuestra llegada! –anima la muchacha-bicicleta a sus variopintas compañeras de viaje.
-Haz girar tus ruedas. ¡Rápido! –pronuncia Julia con vigor.

Y así ocurre. Los árboles silban piropos fugaces cuando ellas pasan. Los cabellos de la bicicleta, sacudidos al viento, hacen cosquillas en la nariz de Julia, quien se siente segura a toda velocidad por la cálida amortiguación de unas féminas caderas entre sus muslos. La bicicleta risueña corre hecha toda una hembra humana de pecho y pecho, donde las manos de su pasajera se suspenden en paz. La falda de Julia se levanta al aire y sus piernas se acarician con el faldón almidonado del transporte, que a estas alturas de la historia son ondulantes tentáculos de vaporosa medusa que barre los pétalos del camino. ¡Qué bello es viajar sobre una moza fusionada desde el sexo al brillo de unas vainas que sujetan y a unas radiales que reflejan el sol!

Julia y la muchacha-bicicleta llegan al pueblo hecho. Julia descansa a la sombra de los soportales de una pintoresca plaza de adoquines mojados. Las fachadas de las viviendas rezuman humedad hacia el exterior mediante hilillos de agua que resbalan por los dibujos tallados de las puertas abiertas, barnizadas en oscuro, regando las flores sobre repisas y alféizares. La muchacha-bicicleta se aparca apoyada en un barandal.

-Podríamos regresar luego en barca para recuperar ese sillón, Julia. Hace juego con tus ojos –sugiere la muchacha-bicicleta.
-¿Qué sillón, loca?

sábado, 18 de febrero de 2012

He desaparecido.

Cuando yo desaparecí tenía pantalones negros, camisa blanca, treinta y cinco años de joven constitución y un vehículo negro que conducía por una oscura carretera en obras. La gente usa con frecuencia la autopista para trasladarse. Casi nadie circula por esta vieja vía secundaria cuando cae la noche. Transité a veinte kilómetros por hora con dolor de espalda, sorteando cansado unos adoquines azarosos que, de pronto, aparecían sobre la calzada. El camino era limitado con desorden por barreras metálicas, plásticas y de hormigón y sólo iluminado fugazmente por mis luces de largo alcance. Las líneas blancas del pavimento apenas se veían por desgaste. Las líneas amarillas dibujaban laberintos imaginarios que eludí con precisión. El viento empujó algunos conos, derribó otros.
Paré el coche en un mirador sobre un acantilado. Volví a comprobar que cuando en la tierra nada alumbra, con espléndido fulgor lo hacen las estrellas. Reflexioné, antes de desaparecer, inspirando profundamente la brisa marina. Sufría objeciones que anudaban mis músculos, problemas que giraban mis vértebras, autolimitaciones terribles cuya responsabilidad recaía en mi mente inmadura. En cada bocanada de aire fresco mis huesos se acomodaban. Arrojando una piedra al vacío supe que soy más humilde, si cabe. Y desaparecí con esa virtud.
Me he hecho astuto al economizar una prestación de seiscientos euros por un desempleo en el que, antes de esfumarme, me empleaba hasta el hastío mental. Cada dos días me crecía una barba de media semana. Practicaban natación mis fuertes músculos. Alguien pensará que me he suicidado pero no es así. Me he ido pero no he muerto. Hay que ver la manía que tienen algunas personas de dramatizar la vida.  Apoyado en un frío barandal, en ese solariego mirador, soñaba que el ser humano le suprimía el drama a la vida para darle todo el drama al arte.   
 No he muerto, caramba, no he muerto. ¡He desaparecido!  Tenía ganas de vivir medio siglo más y gozaba de buena salud. ¿Por qué me iba a lanzar al agua? Tenía un hogar acogedor, amor dentro y fuera de mí.
Veía, sumido en mis pensamientos, una esfera luminosa apareciendo sobre la superficie del mar.
Cuando miré, ya habíamos desaparecido el círculo de luz y yo.
Si alguien me ve, que me lo diga.   
                                                                  - Mario S. Zamora -.