sábado, 18 de febrero de 2012

He desaparecido.

Cuando yo desaparecí tenía pantalones negros, camisa blanca, treinta y cinco años de joven constitución y un vehículo negro que conducía por una oscura carretera en obras. La gente usa con frecuencia la autopista para trasladarse. Casi nadie circula por esta vieja vía secundaria cuando cae la noche. Transité a veinte kilómetros por hora con dolor de espalda, sorteando cansado unos adoquines azarosos que, de pronto, aparecían sobre la calzada. El camino era limitado con desorden por barreras metálicas, plásticas y de hormigón y sólo iluminado fugazmente por mis luces de largo alcance. Las líneas blancas del pavimento apenas se veían por desgaste. Las líneas amarillas dibujaban laberintos imaginarios que eludí con precisión. El viento empujó algunos conos, derribó otros.
Paré el coche en un mirador sobre un acantilado. Volví a comprobar que cuando en la tierra nada alumbra, con espléndido fulgor lo hacen las estrellas. Reflexioné, antes de desaparecer, inspirando profundamente la brisa marina. Sufría objeciones que anudaban mis músculos, problemas que giraban mis vértebras, autolimitaciones terribles cuya responsabilidad recaía en mi mente inmadura. En cada bocanada de aire fresco mis huesos se acomodaban. Arrojando una piedra al vacío supe que soy más humilde, si cabe. Y desaparecí con esa virtud.
Me he hecho astuto al economizar una prestación de seiscientos euros por un desempleo en el que, antes de esfumarme, me empleaba hasta el hastío mental. Cada dos días me crecía una barba de media semana. Practicaban natación mis fuertes músculos. Alguien pensará que me he suicidado pero no es así. Me he ido pero no he muerto. Hay que ver la manía que tienen algunas personas de dramatizar la vida.  Apoyado en un frío barandal, en ese solariego mirador, soñaba que el ser humano le suprimía el drama a la vida para darle todo el drama al arte.   
 No he muerto, caramba, no he muerto. ¡He desaparecido!  Tenía ganas de vivir medio siglo más y gozaba de buena salud. ¿Por qué me iba a lanzar al agua? Tenía un hogar acogedor, amor dentro y fuera de mí.
Veía, sumido en mis pensamientos, una esfera luminosa apareciendo sobre la superficie del mar.
Cuando miré, ya habíamos desaparecido el círculo de luz y yo.
Si alguien me ve, que me lo diga.   
                                                                  - Mario S. Zamora -.