martes, 20 de marzo de 2012

Adulador


La mujer calva y su novio enano salen de la tienda de sombreros.

-No me gusta tu nueva boina –dice él mientras pasean-. Prefiero el brillo de tus cabellos.

-Soy calva –protesta cansada-. No me seducen tus mentiras.

En ese instante, se oyen los graznidos de unos cuervos que huyen de una tormenta gris y, a su paso, defecan sobre el hombro del enano.

-Amor mío, no debes acomplejarte si tus rizos se asemejan al oleaje del mar –insiste él limpiándose con un pañuelo.

-¡Espantoso adulador! –suelta ella por la boca.

Y de pronto en las nubes retumban los truenos. Llueve a cántaros. Los torrentes se fusionan colinas abajo, salpican al aire su rabiosa espuma y originan una violenta riada que arranca árboles, arrastra piedras, salta la tapia del cementerio, descorcha lápidas, entierra tumbas y hace que se rebosen los huesos. En pocos instantes, los malos aires de lo que fuera un mar en calma desaguan por el pueblo. La corriente enfurecida viola las puertas de los hogares y, como si se tratara de surtidores en los cielos de un dios iracundo, sale a chorros por las ventanas, cargados de los enseres de las casas, se extiende por las calles con tentáculos de ruidosas cascadas y se abre en abanicos al tragarse todas las plazas. Los novios corren al refugio de los soportales pero quizás ya sea tarde para uno de ellos. La tragedia se lleva al enano.  

-¡Lánzame tus trenzas o moriré ahogado! –clama auxilio sin vitalidad-. ¡Tus trenzas…!

De las aguas emergen sus bracitos por última vez. En la voracidad de un remolino que gira sobre una alcantarilla cae la corta silueta de este hombre hundido. Le sigue un quiosco de helados, el banco del parque, un trozo de repisa con macetas rotas y geranios bien regados…

Ya pasó. La luz alumbra a la naturaleza sosegada, al artificioso pueblo arrasado y a una mujer desnuda aferrada a una farola. La riada arrancó su ropa y su boina. El sol seca ahora su cabeza despejada, allí donde brilla su complejo. Todo se ve con claridad, el cielo azul, los amasijos de escombros sobre el fango, los cadáveres flotando y, pese a estar aturdida, la superviviente no elude precipitarse por las aguas, ahora lentas de agonía, a buscar algo con que ocultar su completa alopecia. Un periódico empapado se deshace, no sirve. ¡Un neumático tampoco! Un gato muerto roza sus rodillas. Aún está lánguido. Tal vez tiene excesiva hinchazón pero es suave como una pamela nórdica. Se lo ciñe bien hasta las orejas, a las humanas se refiere el hecho, no a las animales, y cuando se lo atusa, el felino expulsa parte de su contenido por boca y ano.

-Soy calva –se lamenta-. Soy calva…

Y así, por atildada de mierda y descomposición, el graznido de los cuervos se acerca. Y sin cubrirse el sexo, la mujer emprende la búsqueda de los restos de la tienda de sombreros.


miércoles, 7 de marzo de 2012

El pueblo hecho

Cada vez que Julia Gris es consciente de su sueño aparece sentada en un sillón verde desde donde observa su propio mundo. Cuando pierde la lucidez, se afana en sus quehaceres vacía de memoria, sin recordar sus dotes de diosa común y vulnerable al encantamiento de la vigilia. Julia acaba de alcanzar el despertar onírico en el instante en que se deja caer en el sillón verde que a lo lejos parecía una roca en medio del sendero. 

-Vamos, Julia, mi alma –dice una joven peregrina-. Que ya está cerca el pueblo. No te pares ahora, mujer. Uy, ¿quién habrá colocado ahí ese sillón?

Esta joven, junto con otras mujeres soñadas, procede de lugares ignotos. Todas han atravesado el inmenso bosque. A través de las hendiduras que deja el paisaje arbóreo han visto la retahíla de casas con flores. Con calmosa risa, ellas superan las lindes de terrenos de cultivo. Prueban tomates, arrancan papas y las guardan en los bolsones del faldón. Están hambrientas, sudorosas, cansadas y tienen sed. Pero no pierden la alegría al ver el pueblo hecho a su medida. ¡Todas quieren llegar las primeras! Son personas tan reales que a Julia Gris, peregrina entre ellas, le parece increíble que conformen su sueño. Y esto último es lo que está observando Julia ahora sentada en su sillón verde. La joven risueña se aproxima a Julia, se arremanga el faldón para mostrar que tiene dos buenas ruedas de bicicleta en lugar de piernas, bien paralelas para rodar lo que queda de camino. Julia Gris ama a sus criaturas y se apasiona tanto al ver a la muchacha-bicicleta que pierde la lucidez de forma súbita.

Entonces, en pie sobre el sillón verde, se impulsa varias veces hasta conseguir el salto de una cama elástica y se lanza con energía sobre el sillín-lumbar de su amiga.

-¡Qué cómoda eres! –exclama Julia.
-¡Vamos, chicas, ya se oye la fiesta de nuestra llegada! –anima la muchacha-bicicleta a sus variopintas compañeras de viaje.
-Haz girar tus ruedas. ¡Rápido! –pronuncia Julia con vigor.

Y así ocurre. Los árboles silban piropos fugaces cuando ellas pasan. Los cabellos de la bicicleta, sacudidos al viento, hacen cosquillas en la nariz de Julia, quien se siente segura a toda velocidad por la cálida amortiguación de unas féminas caderas entre sus muslos. La bicicleta risueña corre hecha toda una hembra humana de pecho y pecho, donde las manos de su pasajera se suspenden en paz. La falda de Julia se levanta al aire y sus piernas se acarician con el faldón almidonado del transporte, que a estas alturas de la historia son ondulantes tentáculos de vaporosa medusa que barre los pétalos del camino. ¡Qué bello es viajar sobre una moza fusionada desde el sexo al brillo de unas vainas que sujetan y a unas radiales que reflejan el sol!

Julia y la muchacha-bicicleta llegan al pueblo hecho. Julia descansa a la sombra de los soportales de una pintoresca plaza de adoquines mojados. Las fachadas de las viviendas rezuman humedad hacia el exterior mediante hilillos de agua que resbalan por los dibujos tallados de las puertas abiertas, barnizadas en oscuro, regando las flores sobre repisas y alféizares. La muchacha-bicicleta se aparca apoyada en un barandal.

-Podríamos regresar luego en barca para recuperar ese sillón, Julia. Hace juego con tus ojos –sugiere la muchacha-bicicleta.
-¿Qué sillón, loca?