miércoles, 27 de junio de 2012

El anillo verde (Alberto Vázquez Figueroa)


El niño que vive subido a los árboles se apropia de un teléfono móvil cuando su dueño se besa con una chica. Cuando el joven amante lo echa en falta, el niño regresa de las ramas y se lo devuelve.

-La sabiduría es la más valiosa de las riquezas -dice el niño.

Los novios quedan perplejos. Él chasca la lengua mostrando así su indignación ante ella. Aunque las poses de adulto con que se mueve el adolescente, con ritmos urbanos y orgullo de rap, no pueden ocultar su estupefacción ante circunstancias tan insólitas. El hurto del teléfono, lo honesto en su recuperación gracias a este niño salvaje y, para mayor misterio, el obsequio que esta criatura les hace, un libro titulado el anillo verde, deja a los jóvenes amantes muy sorprendidos.

-Nunca se robará cuanto se atesore en la cabeza. ¡Los libros son la memoria de la Humanidad! Una Humanidad sin libros sería un rebaño de ovejas -expresa el niño trepando de nuevo a un árbol y perdiéndose, después, por la espesura arbórea igual que lo haría un mono.

Otro día, un muchacho fuma ansioso con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. El niño salvaje desciende de un salto ante él portando un libro en la mano.

-Te recomiendo leer el anillo verde. Lo he escrito yo mismo sentado en esa rama. 
-No me gusta leer. Vete. No quiero que mi novia piense que me he traído a mi hermano pequeño.
-He visto desde ahí arriba cómo arrojas latas de cerveza a los acantilados y también he visto a tus amigos enterrando las colillas de sus cigarros en la arena de la playa -denunció el niño salvaje. 
-¿Y qué? -desafía el joven arrojando su pitillo al suelo.
-¡Yo te diré el qué! -se enfurece el niño-.  Presumes que ligas, usas un perfume muy caro... ¡pero no follas porque cuando te desnudas hueles a rabo de vaca!

Entonces el niño desaparece a toda prisa por la espesura de las ramas. El adolescente agarra una piña seca con intención de lanzársela pero su atención cae en un hilo de humo emergente de la hojarasca que comienza a prender. Y de un pisotón, del mismo individuo que puede haber provocado un incendio, se extingue la pequeña brasa y se evita un trágico desenlace. El chico ofuscado se queda mirando sus deportivas preguntándose quién es ese crío. Después se percata del libro que el niño salvaje ha dejado caer a sus pies. Se titula el anillo verde.