martes, 11 de marzo de 2014

Gas en la tierra


Te embarcas en la mañana de mis noches y sueño que yo soy tú. Madrugo o no duermo, que es lo mismo. Siéntate en mi cama haciendo la vida yaciente. Sea tu paz para que yo también pueda descansar. Hoy yo haré tu itinerario. Deseo verte y contarte cómo fueron estos años. Me subo en un carril de papel repleto de pasajeros que se quedan. Tomo asiento en la línea quebrada de tu mano quiromántica, en el tren de la vida escrita. Leo tu libro, tu acto final, tu renglón concreto y tus últimas palabras: tu monosílabo y tu no.  Después hago transbordo en la normalidad de mis días y, al final del crudo invierno, te espero en la estación. Me apoyo en una mesa rota, en un mapa de España entera. La desolación está en ninguna palabra no dicha. No llegas nunca hasta que lo haces y, mientras aguardo, deseo el fuego del Sol y rechazo el del hombre. Sal del pasado, hermana mía, deja de caerte al suelo sin vida esparcida y llora por mis ojos todo lo que necesites. Siempre te quedas viva una vez falleces. Te fuiste tú y la perdición es mía. Desde que nací orientaste mi ánima hacia el mar. Gracias, hermana, eres la ciudad que amanece. Nuestra familia está sentada en las ramas tomando café amargo y pregunto si sentirte bien te parece extraño. Tu risa son brotes blancos de todas las alegrías y soy feliz por tu existencia, mi hermana sin hermanos, la madre sin el hijo. Regresa a lo más profundo de mi superficie y tráeme un vaso de agua. Deseo verte todos los días sentada en mi cama. Me resulta fácil ser un gas en la tierra acostumbrada, un rato contigo es para estar solo. Marcha tranquila con tu amor, que yo vivo lleno de muerte y no vacío sin ti.