domingo, 23 de agosto de 2015

Inventar el mundo

Un lunes por la mañana, Soledad cumplió quinientos millones de años y mi padre, un dios común, se pasó por su órbita para otorgar sus felicitaciones. ¡Pero Sol estaba rodeada de gases tóxicos y polvo desorbitado! Mi padre se compadeció de ella y me mandó en su ayuda los siguientes días.
El martes barrí la casa de Sol y, en general, todo su sistema solar. Amontoné la escoria circundante haciendo una esfera infernal. Para mi sorpresa… ¡acababa de inventar el mundo!
-Muy bien, Luzfer –me agradeció Sol-. Eres el ángel más bello de tu padre.  ¡Eres muy listo! Si lo hubieras proyectado, ¿te habría salido una Tierra tan curiosa como ésta?
El tercer día duró seis horas. Yo acostumbro a llevar un planeta hirviente en el bolsillo porque entreno en el Lanzamiento al Agujero Negro. Este tercer día, se me ocurrió arrojar mi lumbre esférica contra la Tierra casual. Sol reparó en lo que hacía, en la fuerza de mis brazos y en mi bola de fuego. El impacto causó una explosión de mil años traumáticos, toda una tarde de escombros para recogerse y, cuando se condensó, una luna resultante que alegró a mi amiga. Sol, menuda y simpática, aplaudía cuando el nuevo mundo comenzó a girar a mayor velocidad. Por eso el miércoles duró seis horas.
-Gracias, Luzfer –me dijo Sol-, por regalarme esta Tierra lunática.
El jueves descansé y el viernes regué, a pedradas de agua y sal, todo el planeta. Y colmé todas sus cuencas.
El sexto día Sol estaba muy contenta.
-¡Luzfer, dile a tu padre que venga! –me abrazaba.
En los mares más calmados, vinieron a danzar las madres de las estrellas y, desnudos como somos, los dioses comunes celebramos una fiesta.
Y el séptimo día los flujos de una gran bacanal dejaron las aguas llenas de células.