miércoles, 7 de octubre de 2015

La mesa rota

En el museo, el niño se acerca con curiosidad a otra época mirando los fragmentos de la Mesa Salomónica. Con calma el niño extiende su mano y toca la superficie pedregosa de un trozo que, de pronto, se transforma en la cabeza de una mujer real. El niño se sobresalta pero no teme. La mujer, arcaica e indefinible, emerge de la mesa rota.

-¿Estás muerta? –pregunta entristecido-. No quiero que estés muerta.

-Estoy viva. Mírame. Tócame –dice la dama en un trino de ave.

El niño acaricia las apretadas trenzas de una madre que retorna.

-¿Para qué te apareces en la mesa rota?

-Para verme en tus ojos rasgados por las razas de todos mis hijos. Pero… ¡eres tú el recién aparecido! Entraste por esa galería junto con tus compañeros de clase.

Similar a cacofonías de pájaros vivos, la risa de ambos resuena hacia el fondo abisal de la mesa rota. El niño pregunta si ha venido a España por ese pasadizo.

-Procedo de los pueblos del mar, hijo ancestral. Pero… ¿yo qué puedo saber del viaje si voy sedienta a por agua?

El niño le ofrece su zumo y se alegra cuando la dama bebe y lo abraza. Después acalla su secreto con un sello de labios y no silba más. Toma de nuevo su misterio esculpido en la piedra, regresa a sus nebulosas… y desaparece.